A Germán Arciniegas (1900-1999), entre sus múltiples actividades, se le recuerda popularmente como historiador. Sin embargo, tal y como lo han expresado varios[1. Luis Horacio López Domínguez. “Arciniegas, periodista y editor”, Revista Credencial Historia No. 131. 2000.] Arciniegas es ante todo un periodista interesado en el pasado. Con Arciniegas resulta difícil distinguir entre lo que ha encontrado documentado o recuerda de primera mano, y aquello que es producto puro de su imaginación literaria. Sobra insistir en la falta de rigor historiográfico de su trabajo; más importante resulta recordar la influencia que puede haber tenido su obra en el imaginario popular sobre el pasado colombiano.

En cualquier caso, y a propósito de nuestras ediciones “Ciudad y vida urbana y “Religión y poder“, resulta llamativo, para finalizar el año, recordar este fragmento del libro Transparencias de Colombia (1973)[2. Germán Arciniegas. Transparencias de Colombia. Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1973, pp. 9-11.], en el que Arciniegas imagina a Bogotá como una ciudad “sentada en su silla verde” (los cerros orientales) y construida, a modo de pesebre, para servir de escenario a la navidad:

«No sé que exista en ninguna otra parte de la tierra una ciudad como Bogotá construida con la idea de teatro para celebrar el “Nacimiento” del Niño Dios. Por más de tres siglos, a pesar de culminar con una corona virreinal, tuvo tamaño de aldea. Se alzó al pie de unos cerros vestidos de helechos, musgos y moras silvestres. De los cerros brotaban riachuelos, quebradas y ríos, todo dispuesto para representar en tamaño natural el pesebre napolitano o quiteño del nacimiento del Niño, con la llegada de pastores y reyes magos. En torno, por campos verdes y enmarañados, transitaban lavanderas que sobre la cabeza bien plantada llevaban el cesto de ropa blanca, muleros que se dirigían al mercado, vendedoras de carbón de palo, indios con cestas de huevos, jaulas de pollos, cargamentos de ollas. (…) Tan a lo vivo se descubrió en el paisaje y sus gentes la naturaleza de un Nacimiento, que se alzaron sobre los montes, por la Peña, de un lado la iglesita de Belén, del otro, la de Egipto. Al pie quedaba la de Santa Fe de rodillas, esperando todo el año la hora de los Aguinaldos, la Noche Buena, Los Reyes. Entonces, el monte se encendía de luminarias. Las fiestas comenzaban con la Novena y los villancicos y terminaban con la huida a Egipto – de la iglesita de Belén a la de Egipto –  en que la sagrada familia hacía de veras el viaje, a lo vivo, cabalgando la Virgen en su burrito. Algo semejante a las posadas de México en la Noche Buena. 
Santa Fe, durante tres siglos, fue ciudad para rezar. Trepando a Belén o a Egipto, se veían al pie conventos y más conventos. Los primeros frailes que llegaron levantaron sus iglesias y claustros a la orilla de los ríos mayores que cortaban la aldea: primero fueron los franciscanos, que le dieron a su río el nombre de San Francisco, luego los agustinos bautizaron al suyo San Agustín. Echando de Belén hacia el sur, quedaba, a cierta distancia, otro río de aguas muy abundantes. Imaginaban los santafereños que hacia allá podría verse un gigantón, llevando sobre los hombros al Niño Jesús, para darle un paseo. Así se dio al otro río el nombre de San Cristobal.
Con el tiempo, fueron llegando muchas otras órdenes que se sumaron a franciscanos y agustinos para completar el enhambre de lo que fue un rumoroso plantel de religiosos puesto bajo el mando de las dos iglesitas del Nacimiento y la Huída, dos alas blancas de una Misericordia cándida e ingenua. Y así entraron en competencia Santo Domingo, Santa Clara, Santa Inés, el Carmen, la Capuchina, San Ignacio, la Candelaria,… reventando pólvora y echando globos para alegrar las Navidades».