En el 2008, la revista American Historical Review (AHR) abrió un foro con el fin de estudiar la recepción del artículo “Gender: A Useful Category of Historical Analysis” (1986) de la historiadora Joan Scott, que hoy es uno de los más citados y más leídos en la historia de la revista. Joan Scott, quien contribuyó al foro, contó que en un principio su artículo fue formulado como una pregunta: “Is ‘Gender’ a Useful Category of Historical Analysis?”. Sin embargo, en la revista no era permitido que los títulos de los artículos llevasen un interrogante; tal vez ello se deba a la confusión académica, tan frecuente, que iguala la certeza con el rigor en la investigación, o quizás al interés, no en las preguntas, sino en las respuestas. Veinte años después, Scott insiste aún en que con respecto al género no solo es útil sino crucial la pregunta, pues defiende que solo «cuando el género es una pregunta abierta sobre cómo los sentidos [de lo masculino y lo femenino] son establecidos, qué significan, y en qué contextos, este permanece como una categoría útil del análisis histórico»1. Adicionalmente, advierte que el ‘género’ –como categoría de análisis– no se trata de emprender una análisis programático o de un tratado metodológico, en cuanto que la metodología debe responder no solo a la pregunta que se hace, en contextos específicos, sino sobre todo a aquello sobre lo cual se pregunta. Tal vez, esta advertencia haga que pensemos en la relación y el sentido que tienen las metodologías que escogemos con aquello sobre lo cual nos preguntamos. En este sentido, Scott se pregunta, a raíz de los diversos usos que del ‘género’ como categoría analítica se han hecho, cuáles son los tipos de estudios que ellos han permitido. Los conceptos constituyen abstracciones analíticas, recursos, que sirven para el estudio y para la articulación de la comprensión de la complejidad de los fenómenos sociales. Esto quiere decir que cada concepto, al ser una herramienta que procura abstraer y configurar con la mayor complejidad posible un entendimiento de la realidad, tiene enfoques que le sirven al académico para procurar asir en lo posible sentidos específicos en los procesos sociales. De ahí que haya que interrogarse acerca de las distintas formas en las que el ‘género’ ha sido usado para construir preguntas históricas.

Así pues, la defensa que hace Scott de su título es también, y sobre todo, una crítica al uso indiscriminado de conceptos de los que no se tiene conciencia histórica y cuyas implicaciones teóricas tampoco se distinguen en las investigaciones académicas. Vale la pena recordar lo que nos dice el sociólogo británico David Held: «los científicos sociales […] no pueden eludir el problema de que los hechos no simplemente ‘hablan por sí mismos’: ellos son, y tienen que ser, interpretados; el marco teórico del que hacemos uso en el proceso de interpretación determina aquello que ‘vemos’, aquello que notamos y registramos como lo importante” (traducción propia, 3)2. Es por esto que el género, como todo concepto, resulta útil en cuanto se concibe siempre como una pregunta; como una pregunta por aquello que enfoca, por aquello en lo que se fija y por aquello que asume. Y no solo porque haya que revisar en qué medida un concepto nos permite hacer consideraciones de carácter histórico, sino porque un concepto, más que una abstracción universal, es un recurso analítico cuya estructuración debe estar en diálogo con la realidad a la que busca dar sentido. Por ello, Scott se detiene y subraya en su intervención una consideración relevante de la historiadora chilena Heidi Tinsman: “aquello que hace útiles a las categorías del análisis feminista es un asunto de geopolítica más que de un «ponerse al día» epistemológico” (traducción mía, 1423)3. El debate que este texto quiere reconstruir parcialmente acerca de la tradición historiográfica norteamericana y europea del concepto de género, y que sirve como reseña del texto de Scott, es ante todo una invitación a que se haga un análisis del uso del concepto en el contexto intelectual latinoamericano y, sobre todo, en el contexto colombiano.

El género, como todo concepto, resulta útil en cuanto se concibe siempre como una pregunta; como una pregunta por aquello que enfoca, por aquello en lo que se fija y por aquello que asume.Desde la década de 1970, y especialmente a partir de 1980, venía creciendo en las Ciencias Sociales un compromiso académico por la historia de los oprimidos y, sobre todo, por el análisis del significado y de la naturaleza de su opresión. Simultáneamente, se asentaba en las academias norteamericanas y europeas, principalmente, el entendimiento de que las desigualdades de poder debían ser estudiadas a la luz del cruce de tres ejes: ya no solo a partir de la categoría de “clase” –herencia del marxismo–, sino también del “género” y la “raza”4. Scott escribe en un momento en que los estudios de la mujer –que eran parte de este esfuerzo– estaban ampliando su vocabulario analítico a la categoría de género. Esta transición de los estudios de la mujer a los estudios de género ocurre principalmente debido a la emergencia, sobre todo en la década de 1970, de los estudios sobre la masculinidad, los cuales argüían que el género era relacional y que el estudio de la experiencia histórica de la mujer no podía separarse del estudio de la del hombre 5. Scott hace parte también de una generación académica preocupada por el ejercicio del poder en la escritura de la historia y, sobre todo, de una generación que cuestionaba las historias que, narradas desde la dominación, han entrado en los significados retrospectivos y en el entendimiento del pasado6. El propósito del artículo de Scott es, por un lado, hacer una revisión de las limitaciones y alcances de los modos en que los historiadores –fundamentalmente norteamericanos y europeos– han usado el género como herramienta conceptual y, por el otro, proponer un nuevo acercamiento teórico que lo incluya como una categoría analítica y cuya implementación Scott espera que lleve, ulteriormente, a una redefinición de los procesos históricos de significación del pasado y del presente.

Scott afirma que el uso de la categoría de “género” por parte de los historiadores ha sido, por un lado, descriptivo, y por el otro, causal. De la teoría descriptiva, Scott critica la consideración del género como categoría social impuesta a un cuerpo sexuado, en la medida en que ella solo se refiere a los orígenes sociales de las identidades subjetivas y parece ser útil, sobre todo, para los estudios de la familia y de la sexualidad interesados en diferenciar el sexo asignado, la práctica sexual y los roles de género. Así, advierte Scott, el género queda reducido a ser exclusivamente un concepto analítico, estructural e ideológicamente, de las relaciones entre los sexos, y por ellos excluye del análisis, por ejemplo, de la guerra y la diplomacia. Scott, por el contrario, tiene el propósito de hacer que el género sea parte del análisis histórico de la política y el poder y que, en este sentido, el género y la política dejen de ser percibidas como esferas independientes de los problemas de género. Además, la autora explica que el problema de las teorías descriptivas para el análisis histórico es que al decir solo que las relaciones entre los sexos son constructos sociales no se interesan por preguntarse por qué se construyen, ni cómo funcionan o cómo han cambiado.

Scott, por el contrario, tiene el propósito de hacer que el género sea parte del análisis histórico de la política y el poder y que, en este sentido, el género y la política dejen de ser percibidas como esferas independientes de los problemas de género.En cuanto a las teorías causales, Scott da cuenta de tres tipos de acercamientos teóricos: aquellos que quieren explicar el origen del patriarcado, los que revisitan la teoría marxista desde la crítica feminista y, por último, aquellos que desde el psicoanálisis (de las escuelas francesa e inglesa) pretenden explicar la construcción de la identidad de género. Scott sostiene que las teorías del patriarcado, si bien han ilustrado los vínculos entre el capitalismo y el patriarcado, han fracasado porque asumen sistemáticamente que la desigualdad es inherente, en el marco del capitalismo, a la relación entre los sexos; por consiguiente, no han logrado explicar por qué el sistema de poder –entendido aquí como ‘género’– opera de tales formas, pues asumen su operatividad ahistóricamente (1058). Así, las relaciones de género permanecen fijas, inalterables y, lo que es más importante, deshistorizadas. La explicación materialista de los teóricos marxistas del patriarcado, enfocada en la reproducción de la fuerza de trabajo y en la objetivación sexual de la mujer, pierde de vista, para Scott, que la explicación de los orígenes y los cambios en los sistemas de género no está en la división social del trabajo. Por lo demás, cabría preguntarse hasta qué punto el establecimiento de un origen puede enriquecer explicaciones y debates históricos. Scott muestra que las feministas marxistas han respondido ante esta crítica argumentando que, si bien la sujeción de la mujer precede al capitalismo, es decir, que los sistemas económicos no determinan directamente las relaciones de género, estos sí operan –e interactúan– simultáneamente para producir determinadas experiencias sociales e históricas. Con todo, Scott sigue defendiendo que el problema de ambos, tanto de las teorías patriarcales como de las teorías feministas marxistas de carácter revisionista, es que el género no tiene un estatus analítico independiente, pues permanece principalmente como un producto de las estructuras económicas.

Ahora bien, las escuelas psicoanalíticas inglesa y francesa, que están interesadas en los procesos a través de los cuales la identidad de los sujetos es creada y, en consecuencia, en la formación de la identidad de género, parecen no servir tampoco, según Scott, para llevar a cabo un análisis histórico. Por un lado, destaca el hecho de que las categorías de hombre y mujer, que en las teorías anteriores se tomaban por sentado, aparecen en el psicoanálisis como construcciones que se sirven de procesos de diferenciación y distinción. Estos procesos sirven para suprimir las ambigüedades y así permitirle al sujeto hacer parte del común entendimiento de la vida social, es decir, le sirven para aparecer coherentemente dentro del binarismo hombre/mujer (1063). En contraste, Scott arguye que ambos acercamientos, al reducirse peculiarmente al análisis del ámbito familiar, no permiten ampliar el concepto al análisis de otros sistemas políticos y de poder. La autora critica fundamentalmente la deshistorización de la oposición –el antagonismo– entre los sexos, desde el cual se erigen las teorías psicoanalíticas francesa e inglesa, lo que es similar a lo que ocurre con las teorías del patriarcado que fueron mencionadas previamente. Ninguna de las dos, para Scott, permite introducir la noción de especificidad y variabilidad histórica (1064). Por ello, asevera que ambas escuelas tienden a universalizar la oposición binaria entre hombre y mujer, por lo que asumen que el antagonismo entre hombres y mujeres es un hecho central en la construcción del género; en últimas, una cierta cualidad atemporal inherente a la relación entre los sexos, invariante y monótona (1065).

Al haber mostrado la dificultad de las feministas en incorporar el género en los cuerpos teóricos existentes, y al haber dicho que no es útil la búsqueda de causas universales, generales, como aquellas del psicoanálisis, Scott defiende una postura que sea más explicativa. Así, basada en esta herencia teórica, Scott define el género como el elemento constitutivo de las relaciones sociales fundadas en la percepción de unas diferencias entre sexos y como una forma crucial de significar las relaciones de poder, pues defiende que el género las atraviesa, las articula y las consolida. A su vez, sostiene que el género está constituido por una serie de elementos interrelacionados entre sí: por símbolos culturales de representación, ante los cuales el historiador debe cuestionarse por qué, cómo y en qué contextos emergen; por conceptos normativos que sirven como marcos para la interpretación de tales símbolos –como la escuela–, que deben ser historizados en cuanto que son pensados como espacios de discusión y negociación y no de consenso; por su participación en las relaciones laborales, educativas, económicas y políticas, pues no solo se construye el género mediante relaciones de parentesco; y por una identidad subjetiva históricamente construida.

Los conceptos con los que decimos y articulamos un entendimiento focalizado de la complejidad social traen consigo el poder no solo de hacer descripciones sobre esa realidad, sino también el poder de inaugurarla o, dicho de otra forma, de hacer inscripciones, de plantear perspectivas sobre ella.Para el historiador, hacer uso de un concepto analítico debe significar también ubicar históricamente el concepto, con el fin de cuestionar los límites y los alcances de su aproximación. Además, y sobre todo esto, el historiador debe reconocer las tradiciones a lo largo de las cuales cada concepto ha sufrido modificaciones y lo que ha podido decirse a través de cada una de ellas. Así, los conceptos con los que decimos y articulamos un entendimiento focalizado de la complejidad social traen consigo el poder no solo de hacer descripciones sobre esa realidad, sino también el poder de inaugurarla o, dicho de otra forma, de hacer inscripciones, de plantear perspectivas sobre ella. Así que es importante que la academia reconstruya los caminos de los conceptos que ahora están vigentes en el debate público y político del país. Entenderlos nos permitirá participar con más seriedad en la discusión y apreciar las fortalezas o las debilidades argumentativas en las posiciones de los otros; por otra parte, reconocer sus limitaciones y sus alcances, sus estrategias, se traducirá también en ser conscientes de las nuestras. No podemos pasar por alto que este fue el texto que leyó Humberto de la Calle para la formulación del enfoque de género en el acuerdo de paz, por ejemplo. Tampoco que fue el mismo texto que Alejandro Ordóñez criticó. Debemos prestar atención al pasado y presente intelectual de dicho debate del que tal vez ambos son conscientes y, sobre todo, emprender la reconstrucción del proceso de recepción en Colombia de estos planteamientos y la forma en que el género ha servido para elaborar preguntas en los estudios de aquellas feministas que, en el país, dialogan con otras tradiciones. Aprendamos de Scott a fijarnos en lo que decimos y afirmamos sobre los argumentos de los otros y sobre las palabras que usamos en las elaboraciones que hacemos para explicarnos el mundo, con el fin de que podamos prever también lo que está detrás de lo que defendemos. La pregunta por el género es relevante hoy, como lo fue en el escenario académico estadounidense y europeo hace más de 20 años, y por esto es importante desentrañar su sentido y reconocer su variabilidad histórica y geográfica. Hoy el género tiene implicaciones en la distribución del poder, como históricamente las ha tenido, y entender las rutas históricas de la política actual requiere que nos preguntemos por el género como una categoría de análisis. Pero es importante, más que nada, porque desentrañar los conceptos, y los usos peculiares que están teniendo en Colombia hoy, nos proporciona estrategias para combatir sus efectos, en este caso, para luchar contra la opresión, la violencia y la discriminación.

Bibliografía:

  • Hearn, Jeff. The Gender Opression: Men, Masculinity, and the Critique of Marxism. New York: St. Martin’s Press, 1987. 239. Impreso.
  • Kegan Gardiner, Judith. “Gender and Masculinity Texts. Consensus and Concerns for Feminist Classrooms”. En Masculinity Lessons. V. Catano, James y A. Novak, Daniel (eds.). Baltimore: John Hopkins University Press, 2011. 63-73. Impreso.
  • O’Brien, Margaret. “Making Masculinities: Book Reviews”. En Masculinity Lessons. V. Catano, James y A. Novak, Daniel (eds.). Baltimore: John Hopkins University Press, 2011. 11-14. Impreso.
  • Trouillot, Michel-Rolph. Silencing the Past: Power and the Production of History. Boston: Beacon Press, 1995. Impreso.
  • V. Catano, James y A. Novak, Daniel. “Introduction”. En Masculinity Lessons. V. Catano, James y A. Novak, Daniel (eds.). Baltimore: John Hopkins University Press, 2011. 63-73. Impreso.
  1.  «When gender is an open question about how these meanings are established, what they signify, and in what contexts, it remains a useful category of historical analysis». En Scott, Joan. «Unanswered Questions». American Historical Review, 113, 5 (2008), 1429.
  2.  Held, David. “Introduction: Central Perspectives on the Modern State”. En David Held et al (eds.) States and Societies. (Oxford: Martin Robertson, 1983), 3. »“Social scientists (…) cannot escape the problem that facts do not simply ‘speak for themselves’: they are, and they have to be, interpreted; the framework we bring to the process of interpretation determines what we ‘see’, what we notice and register as important
  3.  “what constitutes useful categories of feminist analysis is a matter of geopolitics rather than epistemological catch-up”. En Scott, Joan. «Unanswered Questions». American Historical Review, 113, 5 (2008), 1423.
  4.  Scott Joan. «Gender: A useful Category of Historical Analysis». American Historical Review, 91. 5 (1986), 1054.
  5.  Kegan Gardiner, Judith. “Gender and Masculinity Texts. Consensus and Concerns for Feminist Classrooms”. En Masculinity Lessons. V. Catano, James y A. Novak, Daniel (eds.). Baltimore: John Hopkins University Press, 2011, 64.
  6. Ver, por ejemplo, el maravilloso libro de Michel-Ralph Trouillot, Silencing the Past: Power and the Production of History (1995), particularmente los capítulos 1, 3 y 5: “The Power in the Story”, “An Unthinkable History” y “The Presence in the Past”.