[dropcap]¿[/dropcap]Qué sucede cuando una forma de pensamiento crítico, construido y reconstruido desde la academia y el activismo durante más de un siglo, logra una difusión sin precedentes a través de los medios de comunicación masiva? La cuestión es tremendamente pertinente para todos los que aspiramos a que el conocimiento producido desde las ciencias sociales y las humanidades pueda llegar a tener algún tipo de propagación más allá de la academia. En este sentido, la amplia popularización del término ‘feminismo en los últimos años se vuelve un asunto de especial interés.

Hace un par de años, el diario británico The Telegraph describió el 2014 como el año en que el feminismo conquistó la cultura pop[1.Alice Vincent, “How feminism conquered pop culture”, The Telegraph (30 de Diciembre de 2014), http://www.telegraph.co.uk/culture/culturenews/11310119/feminism-pop-culture-2014.html (último acceso: 6 de Febrero de 2016).]. Aunque el fenómeno no es totalmente nuevo, en los últimos años se ha vuelto cosa de todos los días escuchar en los medios a celebridades y figuras políticas (sobre todo del mundo anglosajón) definirse públicamente como feministas, y apoyar tales causas. Ha habido también una ola de discusiones infructuosas entre aquellos que en cada palabra, acción y decisión de su estrella favorita ven una manifestación entusiasta e inconfundible de la doctrina feminista, y quienes en cambio se indignan ante lo que consideran una deformación y tergiversación de la causa misma de tal doctrina.

Claro está que no podemos hablar de una difusión generalizada del feminismo: importantes brechas generacionales, ideológicas y culturales limitan inevitablemente su adopción, y la sola palabra (por no hablar de las ideas que conlleva) genera frecuente desconfianza, cuando no rechazo inmediato. Sin embargo, sí es cierto que el término “feminista” (y su contraparte, el odioso “feminazi”) ha cobrado una importancia inédita en Hollywood y en las “redes sociales”. El feminismo está hoy en boca de muchos, y para bien o mal, la farándula y los medios de comunicación masiva han jugado un papel crucial en su difusión.

Probablemente, hoy más que nunca, gran número de personas se identifican a sí mismas como feministas y, sin embargo, resulta difícil estimar las implicaciones de esa identificación. En su difusión, el feminismo parece convertirse a veces en un concepto vacío, un recurso retórico carente de fondo. Otras veces, en un dogma sobre el que se disuade cualquier tipo de reflexión intelectual. ¿Cómo lograr zanjar la brecha entre las generalmente pobres representaciones del feminismo en los medios de comunicación masiva, y la rica diversidad de discusiones feministas que se tienen en la academia y en las calles?

[quote align=’left’]¿Cómo lograr zanjar la brecha entre las generalmente pobres representaciones del feminismo en los medios de comunicación masiva, y la rica diversidad de discusiones feministas que se tienen en la academia y en las calles?[/quote]La solución podría estar en la historia. Sí, en la historia. Y es que a mi juicio el feminismo se desluce, pierde riqueza conceptual, a través de una demoledora doble deshistorización. Veamos.

En primer lugar, podemos observar que los medios masivos de comunicación representan muchas veces al feminismo como algo monolítico y consumado. Monolítico en cuanto se muestra como una doctrina íntegra, desconociendo la legitimidad y necesidad de los debates al interior del feminismo. Consumado en cuanto se presenta, no como un pensamiento en constante construcción, sino como un saber ya dado, no problemático, quizás obvio, que simplemente hay que adoptar y aplicar.

Así, el feminismo sufre una primera deshistorización en tanto se niega su carácter de concepto construido y en construcción: se ignora una rica historia de discusiones teóricas en las que se ha ido dando forma – y se sigue dando forma – al pensamiento feminista; se desconocen los textos o se leen sin contexto alguno. Negado como proceso, el feminismo se convierte en una mera etiqueta y la discusión se reduce a denunciar quién falta por ponerse la etiqueta, o quién no merece llevarla puesta.

Ante esta primera deshistorización, la solución apuntaría, como muchos han acertado en señalar, a hablar de feminismos, y no de un único feminismo. Pero no se trata solo de eso. De nada sirve reconocer una diversidad de posiciones si esta diversidad no se entiende como manifestación de un proceso de construcción, disputa y negociación de un concepto y de una causa De nada sirve reconocer que la camiseta feminista puede ser de muchos colores si no se aspira a un diálogo crítico y constructivo, en vez de una simple convivencia de posturas sin discusión alguna, ni interés por entender el origen y las implicaciones de las diferencias.

Como si esta primera deshistorización no fuera lo suficientemente reduccionista, el feminismo sufre una segunda deshistorización, ya no frente a su proceso de formación como concepto, sino frente a su mismo objeto de crítica y estudio. Este feminismo, ‘monolítico’ y ‘consumado’, difunde con frecuencia una visión absurdamente simplista de las relaciones de género, tanto del presente como del pasado. Una vez desechada la riqueza conceptual de su historia teórica, este feminismo, en búsqueda de justificación, desdibuja el pasado histórico.

Ese argumento de deshistorización frente a su objeto de estudio tiene dos formas. En una, simplemente se niega la historia. La dominación masculina aparece como un ente estructural ahistórico, inmutable y eterno, al cual el feminismo debe enfrentarse. En la otra forma del argumento, se adopta una visión teleológica de la historia. En su devenir por el tiempo, se afirma, la humanidad avanza hacia un estado mejor, abandonando las oscuras y atrasadas etapas anteriores. El feminismo se muestra entonces como resultado obvio y lógico del progreso del hombre, el acompañante necesario de los progresos del liberalismo. Desconocida toda diferencia cultural y representada linealmente la historia, se augura un único futuro ideal, un único deber ser, marcado generalmente por las aspiraciones de un abstracto Occidente.

Cierto es que esta segunda deshistorización no sólo se da ahora desde los medios masivos, sino que ocurre con cierta frecuencia en trabajos teóricos. Vale recordar que ya en 1986 la historiadora Joan Scott denunciaba cómo la academia solía adoptar “una tendencia a universalizar las categorías y relaciones de lo masculino y lo femenino (…) una lectura reduccionista de las evidencias del pasado”[2.Joan Scott. “Gender: A Useful Category of Historical Analysis”, The American Historical Review Vol: 91 (1986): 1064.]. No obstante, esta deshistorización sí adquiere una especial relevancia dentro del feminismo de celebridad: permite que sea muy fácil sentirse feminista y practicar un tipo de feminismo.

Presentando un pasado en el que todo siempre ha sido dominación patriarcal y opresión de mujeres en roles pasivos, cualquier acción y decisión de una mujer hoy puede llegar a presentarse como gesto feminista. En cambio, comprendiendo el carácter complejo y nolineal de la historia, y comprendiendo también la naturaleza siempre mutable y contextual de los roles de género y las formas de ejercicio del poder, obtenemos una visión mucho más rica del pasado. Sí, nos encontramos con muchísimas prácticas de dominación y opresión, pero encontramos mucho más que eso. Observamos la siempre cambiante forma en que la imposición de la categoría del género afecta las vidas humanas; constatamos la existencia variable en distintas épocas y sociedades, de espacios de mayor y menor flexibilidad de los roles, de personas de cualquier sexo, activamente construyendo y reconstruyendo su lugar en la sociedad.

[quote align=’right’]Comprendiendo el carácter complejo y no-lineal de la historia, y comprendiendo también la naturaleza siempre mutable y contextual de los roles de género y las formas de ejercicio del poder, obtenemos una visión mucho más rica del pasado.[/quote]En la discusión pública la palabra ‘feminista’ ha dejado de ser tabú. El terreno está allanado entonces para que a la difusión del feminismo como etiqueta, le siga la difusión del feminismo como pensamiento crítico, reflexivo, riguroso y transformador. Una vez liberado el feminismo de la doble deshistorización, reconociendo la rica historia de las luchas feministas y los estudios de género, prestando atención al diálogo entre las varias corrientes feministas, y abriendo los ojos a la diversidad de las sociedades humanas a través de la historia, se podrá pasar de intenciones estériles a proyectos fructíferos de reconocimiento y transformación.