En lo que va corrido del 2016, el sector del comercio independiente bogotano se ha visto inmerso en nuevos altercados por las protestas que al día de hoy tienen lugar en San Victorino. Esta icónica plaza comercial del centro de Bogotá ha sido escenario de una serie de movilizaciones emprendidas por algunos comerciantes de la localidad, que reclaman a las autoridades del distrito un control más estricto frente a la aparición de ciertas mercancías, presuntamente de contrabando y calidad dudosa, introducidas al mercado por empresarios y comerciantes chinos. Los mercaderes argumentan que las protestas no van dirigidas en contra de los chinos, que han migrado para ejercer sus actividades comerciales en Colombia, sino a los funcionarios distritales encargados de regular las dinámicas comerciales que ante los ojos de los manifestantes resultan más que sospechosas. Por lo anterior, sus reivindicaciones no parecen constituir un caso de xenofobia, si no que por el contrario, representan una reclamación legítima en contra del comercio ilegal y la competencia desleal. Por su parte, los comerciantes del país asiático manifiestan que sus productos han sido ingresados de forma legal y que han cumplido con todos los requerimientos para poder participar en la economía colombiana.

Las manifestaciones de San Victorino hacen visible la fuerte tensión que existe entre nacionales y extranjeros,  situación que se presta para contrastar este caso puntual con los sucesos del 7 y 8 de septiembre de 1879 acaecidos en la ciudad de Bucaramanga, en los cuales se enfrentaron violentamente artesanos adscritos a una sociedad democrática conocida como “Culebra Pico de Oro” y algunos dueños de casas comerciales provenientes del Imperio Alemán. El propósito de esta comparación va más allá de analizar dos momentos coyunturales para la historia económica y social del país, lo que se busca principalmente es proponer una reflexión en torno a la efectividad de los modelos económicos que privilegian bajos aranceles a las importaciones y exportaciones (bajo la forma de los TLC), que con tanta insistencia han sido defendidos por los gobiernos de los últimos 30 años.

Las sociedades democráticas surgieron a mediados del siglo XIX y tuvieron como objetivo asociar a  trabajadores de diferentes gremios, artes y oficios con el fin de prestarse mutua ayuda económica en situaciones de enfermedad o muerte. La primera sociedad democrática fue la Sociedad de Artesanos de Bogotá, fundada en 1849, sin filiación política alguna. Esta procuraba enseñar a leer y escribir a los artesanos, pero además significaba una ayuda importante en el sostenimiento de sus familias y el reconocimiento oficial de sus oficios1. Las sociedades democráticas pronto adquirieron un tinte político en el momento en que el sistema de librecambio comenzó a afectar a sus miembros, especialmente en las regiones donde la manufactura artesanal representaba parte importante de la economía. En su libro La inmigración alemana al Estado Soberano de Santander en el siglo XIX, Horacio Rodríguez describe la fuerte tensión.

“La “Culebra Pico de Oro” era una asociación fundada en 1864 – aunque algunos sostienen que fue fundada en 1858 – que buscaba mejorar utilidades económicas para sus afiliados, que tenían mucho interés en la conquista de preeminencias políticas y que con cierto resentimiento social y algo de preservación de las antiguas costumbres, atribuía a los alemanes y a quienes a ellos estaban vinculados en empresas de comercio, el monopolio de la riqueza y una superioridad agresiva que en su concepto lesionaba su propia dignidad. La situación de Bucaramanga en el año de 1879 era realmente explosiva”2.

Las sociedades democráticas santandereanas comparten muchas similitudes con la asociación de comerciantes de San Victorino, dado que ambas se crearon en respuesta a una supuesta amenaza para la estabilidad económica de sus miembros. No obstante, hace falta traer a consideración un mayor número de elementos para comprender hasta qué punto pueden ser justificados los reclamos de cada uno. Durante gran parte del siglo XIX, los habitantes del Estado Soberano de Santander se dedicaban a cultivar el sustento para satisfacer las necesidades alimentarias de sus espacios geográficos primarios (veredas, pueblos, etc.). Adicionalmente, se cultivaban productos como el fique, la caña de azúcar y el tabaco, destinados a la industria artesanal que a partir de esta materia prima producía puros, aguardiente, costales y sombreros de jipijapa. Esta simple dinámica económica hizo del estado un territorio muy prospero, que con la apertura al libre cambio se presentó como el lugar idóneo para que un extranjero pudiera invertir, tal como la Bogotá actual, que es la ciudad de Colombia que goza de la mayor liquidez y, en consecuencia, uno de los lugares más atractivos para inversionistas extranjeros.

El auge de la explotación de la quina en el nororiente colombiano durante la segunda mitad del siglo XIX, coincidió con una importante ola migratoria de ciudadanos del Imperio Alemán. Georg Heinrich Von Lengerke y Leopold Kopp fueron de los primeros ciudadanos alemanes en arribar. Estos se establecieron rápidamente adquiriendo propiedades y contratos con el estado, lo que impulsó la migración de muchos de sus conciudadanos. Los alemanes recién llegados se dedicaban a la importación y a la exportación de productos, y sus casas comerciales se concentraban en el paseo del comercio de Bucaramanga. Desde allí se coordinaba el envío por el río Magdalena hasta el puerto de Barranquilla, y posteriormente hasta los puertos de Bremen y Hamburgo, de grandes cargas de Quina, sombreros de jipijapa y costales de fique que eran proveídos por la industria manufacturera local. A la par que salían mercancías nacionales con destino a los mercados europeos, también ingresaban al país nuevos productos que nunca antes se habían visto, como nuevos tipos de licores, entre ellos el Brandy y el Whisky, trajes de paño y lino, sombreros de copa, diferentes tipos de enlatados y especias, etc. Los productos ingresaban con un precio moderado que se igualaba al de muchos productos locales, con lo cual las personas que residían en los grandes centros urbanos de Santander disfrutaban comprando estas mercancías a un módico precio. Por su parte, en San Victorino la situación parece ser, guardando las proporciones, muy similar, ya que en China los costos de producción son mucho más bajos que en Colombia, por lo cual el consumidor prefiere adquirir productos provenientes de ese país sin tener en cuenta la calidad o la garantía que el vendedor le pueda otorgar. A pesar de esto, una diferencia remarcable con el caso de la “Culebra Pico de Oro” es que actualmente la gran mayoría de los consumidores no se ven necesariamente atraídos por el exotismo de los productos, sino por el precio con el que son lanzados al mercado. En este sentido resulta verdaderamente difícil para los productores nacionales competir con los extranjeros, al contrario del Santander de la segunda mitad del siglo XIX, en donde las personas que adquirían los productos importados no dejaban de ser una minoría próspera ubicada en Bucaramanga y Pamplona.

Resulta verdaderamente difícil para los productores nacionales competir con los extranjeros, al contrario del Santander de la segunda mitad del siglo XIX, en donde las personas que adquirían los productos importados no dejaban de ser una minoría próspera ubicada en Bucaramanga y Pamplona.Como lo afirmaba el cronista José Joaquín García, la situación de Bucaramanga para el año de 1879 era casi insostenible, el descontento de los miembros de esta sociedad democrática frente a la presencia de los comerciantes alemanes y sus socios en Colombia crecía cada día más. Finalmente este malestar detonó los días 7 y 8 de septiembre del mismo año, cuando fueron asesinadas por miembros de dicha sociedad al menos una docena de personas, entre las que se encontraban los colombianos Luis Eduardo Mutis y Obdulio Estévez, junto con los ciudadanos alemanes Hermann Hederich y Cristian Goelkel3.

Como resultado de tales actos violentos los implicados serían judicializados, el gobierno del Estado se vería obligado a entregar una indemnización por valor de 75,000 pesos a los agraviados y a sus familias, so pena de un bombardeo de la Kaiserliche Marine al puerto de Barranquilla. Adicionalmente, se pactó con el gobernador del estado Solón Wilches la instalación en la plaza central de Bucaramanga la bandera del Imperio Alemán, para ser saludada posteriormente con veintiún cañonazos4. Estos son hechos que aún recuerdan con vergüenza muchos santandereanos y que en un caso extraordinario podrían replicarse en San Victorino si el gobierno no toma las medidas adecuadas. En el caso de la “Culebra Pico de Oro” se puede concluir que el librecambio se aplicó justamente para ambas partes, ya que un mercado no necesariamente neutralizaba al otro. Sin embargo, en San Victorino los productos ofertados por los extranjeros corresponden a manufactura de fabricación nacional (prendas de vestir y calzado), los cuales son importados en grandes cantidades con tendencia a aumentar mes a mes. En este sentido, según cifras del Ministerio de Dataexim, durante el año 2015 ingresaron al país una gama de productos provenientes de China por valor de 12 millones de dólares, entre los que se destacan ropa, juguetería y calzado, lo que equivale casi al 20% de las importaciones totales de Colombia. Este enorme volumen de productos es comercializado a precios muy inferiores al costo de producción nacional (entre un 20% y 30% menos), situación que hace insostenible la economía de los comerciantes colombianos5.

Si bien el librecambio está diseñado para que ambas partes puedan ampliar sus mercados, las políticas de comercio exterior del gobierno de Colombia ponen en desventaja a nuestros productores y provocan situaciones como las movilizaciones de San Victorino.Si bien el librecambio está diseñado para que ambas partes puedan ampliar sus mercados, las políticas de comercio exterior del gobierno de Colombia ponen en desventaja a nuestros productores y provocan situaciones como las movilizaciones de San Victorino. El caso anterior es solo otro indicativo de los resultados posiblemente adversos de los tratados de libre comercio, lo que implica que estos no necesariamente tienen un impacto benéfico y masivo en la sociedad. El anterior análisis supone que deben analizarse las condiciones de competencia en busca de ganancias equitativas que puedan hacer crecer los mercados nacionales y beneficiar a los pequeños productores. Finalmente, cabe resaltar la importancia de desmitificar el librecambio, pues este nunca ha tenido ese carácter tan libre como se ha supuesto, debido a que no todos los actores compiten en igualdad de condiciones. Todos los países buscan hacer crecer sus economías, y esto implica imponer restricciones, equilibrar las ganancias, propender un crecimiento de la prosperidad general y controlar las contingencias que implican cambios en la tradición para que los sectores vulnerables tengan nuevas opciones dentro de este modelo económico. Indudablemente, los chinos no son los culpables de la situación actual del comercio, ya que hay colombianos que también se están beneficiando de esto. Lo realmente importante es evitar sucesos como los de la “Culebra Pico de Oro”, previniendo inteligentemente enfrentamientos innecesarios que hacen difusa la línea entre el odio y la razón. Sin embargo, para dejar a un lado estas dificultades, primero habrá que solventar problemas históricos del país como la cultura de la violencia, el abandono del sector agrario y, especialmente, la corrupción. Si bien es cierto que en el sistema capitalista contemporáneo siempre hay ganadores y perdedores, es de interés nacional que el Estado ofrezca soluciones de prosperidad a las víctimas del sistema global de mercado en el que se halla inmerso.

FECHA DE ACEPTACIÓN: 4 de septiembre de 2016.

  1. Jaime Jaramillo Uribe, “Las sociedades democráticas de artesanos y la coyuntura política y social colombiana de 1848”, Anuario colombiano de Historia social y cultural  : 8 (1976): 5.
  2. Horacio Rodríguez Plata, La inmigración alemana al estado soberano de Santander en el siglo XIX. (Bogotá: Editorial Kelly, 1968), 55 – 72.
  3. José Joaquín García, Crónicas de Bucaramanga (1894) (Bucaramanga: Sic Editorial, 2000), 550 – 564.
  4. Álvaro Tirado Mejía, Colombia en la repartición imperialista: (1870 – 1914) (Medellín: Hombre Nuevo, 1976), 205 – 210.
  5. Redacción Bogotá, “Competencia china en San Victorino”, El Espectador, Bogotá, 19 de Mayo, 2016.