París está luchando hoy para que Francia pueda hablar mañana. La gente está alzada en armas esta noche porque esperan justicia para mañana, escribió Albert Camus en 19441, cuando la Resistencia francesa liberaba a París de la ocupación nazi en agosto de ese mismo año durante la Segunda Guerra Mundial. Estas son palabras bellas, precisas, inspiradoras si se quiere; en efecto, la resistencia en contra del régimen y la lucha por la libertad y la justicia fueron lo que motivó a los rebeldes de la Resistencia a recuperar su territorio y su soberanía, pero sobre todo, para recuperar la libertad de decidir por ellos mismos y la posibilidad de vivir en una sociedad justa.

Sin duda es muy difícil reflexionar sobre lo que significan la libertad, la protesta, la resistencia, la rebeldía y la revolución. ¿Qué es la libertad sino la promesa de igualdad, fraternidad y justicia que el liberalismo clásico del siglo XIX nos dio? La manera como se entiende ampliamente la libertad hoy en día es herencia de esta concepción decimonónica occidental. Por supuesto, la libertad no es una, ni es únicamente esta; no debemos reducir la libertad a esto, y debemos tener claro también que la forma en como se entiende este concepto varía de acuerdo a la cultura y la latitud de la que hablemos. De todas formas, lo que sí es claro es que a la hora de hablar de libertad no debemos quedarnos únicamente en las palabras. Existe el riesgo de que estas terminen siendo una banalidad, una propuesta sin fondo o sin un significado real, una idea usada de forma genérica que no tiene en cuenta la importancia que esto tiene en el día a día. De ahí la importancia de entender que hablar de libertad debe convertirse en un acto político. Como menciona Norman Cantor, la libertad decimonónica nos prometió la dignidad y la felicidad para todos en el mundo moderno, pero las protestas y movimientos del siglo XX exigieron el cumplimiento de esta promesa2. Y es así como tanto en la sociedad como en las investigaciones históricas debería estar, de forma permanente, esa búsqueda por realizar la promesa de libertad, igualdad, fraternidad y justicia que tanto nos mueve a la hora de hablar, escribir, proponer y actuar.

¿Qué es la libertad sino la promesa de igualdad, fraternidad y justicia que el liberalismo clásico del siglo XIX nos dio?En la disciplina histórica, los conceptos que mencioné anteriormente los aplicamos con relativa frecuencia en nuestras investigaciones. No obstante, es claro que la significación que se le da a cada uno de estos en el plano social es mucho más compleja y profunda que la que en principio uno considera desde la academia. Desde los archivos y nuestros escritorios estos conceptos los relacionamos con procesos de cambio y ruptura en las estructuras sociales que estudiamos y tratamos de entender. En la práctica social, estos conceptos dejan de ser solamente esto, conceptos, para convertirse en significados y en formas de hacer para los oprimidos, en formas de darles sentido a sus luchas, en espacios para poner en práctica lo que Michel de Certeau llama tácticas y estrategias cotidianas de resistencia3. En otras palabras, en la práctica social, estos conceptos, al estar inmersos en la realidad social, se llenan de contenido y se convierten en móviles para actuar y resistir en medio del sistema. Por esto, a la hora de llevar a cabo una investigación histórica no debemos perder de vista los significados que socialmente se construyen alrededor de lo que empleamos como conceptos en nuestras investigaciones. La defensa por la libertad, la igualdad y la justicia social deben estar presentes en nuestros quehaceres y en la forma en como nos desenvolvemos en nuestra vida personal y profesional.

En la práctica social, estos conceptos dejan de ser solamente esto, conceptos, para convertirse en significados y en formas de hacer para los oprimidos, en formas de darles sentido a sus luchas,Es por esto que de vez en cuando me pregunto por la utilidad del lenguaje a la hora de defender y participar en las luchas sociales por las libertades, la igualdad, la no discriminación y en contra de las injusticias. ¿Hasta qué punto sirve realmente protestar por medio de la palabra? ¿Es el lenguaje un arma eficiente para producir un cambio en la sociedad? ¿Qué debe acompañar a la palabra para que esta logre su cometido de cambio social? En medio de estas dudas es natural preguntarse por el significado y las implicaciones de lo que uno ha escogido hacer profesionalmente. Pienso, no de forma nihilista o existencial, sino con el fin de reflexionar críticamente sobre mi propio oficio, sobre el significado social y político que el trabajo del historiador puede y debe tener. Escribimos y leemos, sí, y nos dedicamos a pensar sobre procesos –de corta o larga duración– que tienen incidencia en las estructuras sociales, las mentalidades, las creencias individuales y los significados que se construyen en comunidad. Nuestro papel, sin embargo, debe ir mucho más allá; somos también, por la naturaleza de nuestro oficio, actores políticos, no solo sociales, y en ese orden de ideas, la palabra y la reflexión histórica, que es con lo que trabajamos, deben ser siempre herramientas políticas, armas para la lucha, la resistencia y la contienda que nos sirvan para el cambio.

Instintivamente, cualquier persona que viva inmersa en un contexto puramente académico diría que claro, que es por medio del lenguaje que producimos significados en colectividad, producimos sentidos de comunidad y somos capaces de establecer luchas comunes. La simpleza de esta respuesta, sin embargo, deja un vacío sobre la gran importancia que tienen la acción y la práctica en la sociedad. Por supuesto que el lenguaje nos une y contribuye a la formación de sentidos y significados compartidos, y que el uso de este en la academia mal que bien incide también en estos significados compartidos. Lo que no podemos dejar de ver es que todo esto no llegaría muy lejos sin efectivamente ponerlo en práctica. ¿De qué sirve pensar, historizar, criticar, filosofar, reflexionar, sobre la sociedad si no se toma acción alguna? Sí, la palabra es un acto político en sí, pero para que efectivamente sea así hay que ser consciente de ello.

Si lo vemos de esta forma, la praxis sería entonces lo que le da relevancia a la Historia como disciplina en la sociedad. También aplica para las demás ciencias sociales, claro, para las artes, las humanidades, las ciencias naturales y para todos los campos del conocimiento. Sin embargo, para efectos de esta columna, lo central es la Historia como disciplina, y como mencioné anteriormente, el uso del lenguaje y de la palabra. Si nos aferramos al concepto de praxis, la reciprocidad entre lo que teorizamos y los significados socialmente construidos debe estar siempre presente en nuestro trabajo. Nuestras ideas e investigaciones no pueden quedarse únicamente en palabras; tienen que pasar al campo de la acción para que se materialicen y tengan un impacto real en la sociedad. Y por eso mismo no basta con dar por hecho que la palabra es un acto político en sí, pues la conciencia para sí 4 es imprescindible en este caso. Ahí, entonces, es cuando la reflexión sobre libertad, protesta, resistencia, rebeldía y revolución cobra sentido, pues deja de ser algo meramente teórico y escrito para pasar a la acción y producir el cambio que tan inspiradoramente propone. El lenguaje y la palabra se convierten así en el arma más valiosa que el historiador tiene.

Si nos aferramos al concepto de praxis, la reciprocidad entre lo que teorizamos y los significados socialmente construidos debe estar siempre presente en nuestro trabajo.«La libertad es la preocupación de los oprimidos» dijo Camus en un discurso suyo en 19535. Sí, la libertad es la preocupación de los oprimidos, pero debe ser también el móvil de quienes no están oprimidos pero aún así buscan la justicia social y se preocupan por que todos tengan las mismas oportunidades y puedan vivir en paz y en comunidad. Debe ser, sobre todo, nuestra máxima motivación a la hora de llevar a cabo investigaciones históricas. Porque la libertad no es solo un privilegio; es también una gran responsabilidad. Y al entender la libertad de esta forma debemos abanderarla y escogerla hoy en día en relación a aquellos que están sufriendo y luchando. Esta es la única libertad que cuenta.

El ejemplo que di al principio de esta columna sobre la intervención de la Resistencia francesa en agosto de 1944 en París nos sirve para reflexionar sobre nuestro presente. Este y muchos otros casos nos sirven para pensar sobre la coyuntura que vivimos y la complejidad de nuestras acciones. Vivimos en Colombia un contexto muy complejo que trae consigo el retorno de fuerzas autoritarias y limitantes al Gobierno. Es precisamente en estos casos cuando la historia nos debe servir también para protestar, para poner en evidencia y en el debate las inconformidades, para ser voceros de históricas injusticias, discriminaciones y desigualdades en la sociedad. «De ahora en adelante debemos estar seguros de que la libertad no es un regalo que recibimos del Estado o de un líder, sino una posesión que debemos ganar todos los días por el esfuerzo de cada uno y la unión de todos»6. Así, debemos entender que la libertad la ganamos todos por medio de la unión, la protesta, la lucha y la resistencia, desde las calles y desde la academia.

  1.  Albert Camus, “The Blood of Freedom” (1944), en Resistance, Rebellion, and Death (Nueva York: Random House, Inc., 1960), pg. 35.
  2.  Norman F. Cantor, The Age of Protest. Dissent and Rebellion in the Twentieth Century (Londres: George Allen & Unwin Ltd., 1969), pg. XII.
  3.  Michel De Certeau, La invención de lo cotidiano (México: Universidad Iberoamericana, 2000).
  4. Karl Marx, La miseria de la filosofía: respuesta a “La filosofía de la miseria” de Proudhon (México: Siglo XXI Editores, 1987).
  5.  Albert Camus, “Bread and Freedom” (1953), en Resistance, Rebellion, and Death (Nueva York: Random House, Inc., 1960), pg. 89.
  6.  Camus, “Bread and Freedom” (1953), en Resistance, Rebellion, and Death, pg. 97.