“Por el mundo va un susurro
Trabajador, ¿No lo oyes?”1. Ernst Busch

Creo que es relevante hacer una reflexión sobre la manera en cómo los historiadores y los científicos sociales concebimos las revoluciones, puesto que estas, actualmente, son consideradas como momentos de ruptura en las sociedades. Sin embargo, yo considero que es pertinente redirigir esta mirada hacia lo cotidiano, pues es de esta manera que se pueden entender aspectos políticos de las sociedades contemporáneas. Comenzaré con una consideración respecto a la política, puesto que esta no es otra cosa que la manera en que la sociedad comienza a formar identidades políticas que se colectivizan, generando antagonismos2: Grupos en disenso contra la hegemonía en el poder.

Ahora bien, mi visión de la política dejaría al aire a los grandes poderes, como las instituciones o los Estados, aparte de la sociedad, a lo cual podría uno preguntarse ¿Cuál es la relación entre el poder y la política? La respuesta es sencilla, el poder, en cuanto es preso de una hegemonía, busca implantar discursos en la sociedad; los discursos se deben entender como las formas en que se puede ordenar la sociedad, derivados de la concepción del mundo de un grupo. La implementación de un discurso, de un grupo en el poder, en la sociedad es lo que yo comprendo y presento como hegemonía.

La respuesta es sencilla, el poder, en cuanto es preso de una hegemonía, busca implantar discursos en la sociedadDe esta manera es como se descubre la relación entre lo cotidiano y lo revolucionario. Pensando en la política como el diario actuar, la formación y expresión de identidades. Michel de Certeau también puede ayudarnos a comprender esta reflexión; el autor francés afirma que “(Las artes de hacer) constituyen las mil prácticas a través de las cuales los usuarios se reapropian del espacio organizado por los técnicos de la producción sociocultural”3. Es decir, los revolucionarios no rompen totalmente con el orden, sino que precisamente traducen las practicas cotidianas hegemónicas y las transforman con el fin de resistir, pero también de cambiar lo impuesto.

Sin embargo, la resistencia tampoco es la definición de lo revolucionario -por tentador que parezca-. La resistencia es tan solo el comienzo de los actos revolucionarios, precisamente porque generan espacios políticos diferentes al régimen; los diferentes antagonismos la utilizan como medio para expresar su negativa a las definiciones hegemónicas del orden. Sin embargo, lo revolucionario es un orden dentro del orden, es decir, la organización colectiva, sistemática, consciente e inconsciente de mecanismos para aplicar las reglas del juego que sugieren las ideas políticas de cada uno de los antagonismos en sus espacios propios.

La resistencia es tan solo el comienzo de los actos revolucionarios, precisamente porque generan espacios políticos diferentes al régimenEn lo cotidiano es donde se inscriben las artes de hacer de los antagonismos, en cuanto los discursos son parte de su identidad, discursos no orales sino prácticos, puesto que son significantes en sí mismos de la acción colectiva revolucionaria. De esta manera, el consumo es entonces la producción de prácticas y la producción de significantes que dan sentido a la resistencia o a la oposición a un orden dominante, denotan la praxis revolucionaria y su discurso.

En este orden de ideas, la cotidianidad desplaza a los grandes sistemas del orden policivos a un segundo plano porque precisamente lo cotidiano constituye la política, y la policía se limita a unos dispositivos de poder porosos en los cuales lo revolucionario se infiltra y transforma con pequeñas acciones. Con la distinción entre la política y la policía, me refiero entonces a la separación que hay, por ejemplo, entre los gobiernos y las sociedades. Este argumento se construye a partir de la concepción de Jacques Rancière de la política y la policía:

La política no es el ejercicio del poder. La política debe ser definida por sí misma como un modo de actuar específico puesto en acto por un sujeto propio que depende de una racionalidad propia. Es en la relación política que se permite pensar al sujeto político y no lo contrario.
La política se opone específicamente a la policía. La policía es un reparto de lo sensible cuyo principio es la ausencia de vacío y de suplemento. (…) Un reparto de lo sensible es la manera en cómo se determina en lo sensible la relación entre un común repartido y la repartición de partes exclusivas.4

De acuerdo con la visión de la política y política de Rancière, y a mi parecer ambas están inmersas en las prácticas, la política, por ejemplo, dependería de las prácticas de determinadas sociabilidades que colindan con las visiones de cada sujeto político, mientras que la policía impone prácticas en lo sensible a partir de los discursos, de arriba hacia abajo, a los sujetos que van conformando la sociedad, les da roles -un margen de sensibilidad- y con ello de aceptación en el cual inscribir sus qué-haceres.

De esta manera llegamos al punto en que la praxis revolucionaria no se limita a la organización militar y social de la toma del poder, como lo expone el marxismo clásico, sino que es una praxis que se conforma a partir de la quinta esencia misma de los revolucionarios: los marginados, a quienes el reparto policivo de las sensibilidades, del poder, no deja mayor cosa. Nuestras prácticas son revolucionarias en cuanto son políticas y con ello nuevas formas de hacer, es decir, dado que el poder policivo socava las formas tradicionales del actuar, nos vemos forzados a buscar maneras para transformar su realidad apartada de sistemas culturales, sociales y políticos hegemónicos.

La praxis de los marginados en su día a día, las formas en que se enfrentan al poder de las hegemonías, -perverso para ellos pues los aplasta-son las verdaderas formas de una revolución contemporánea. La violencia y la praxis ortodoxa se ve desplazada precisamente porque la policía se ha modificado demasiado desde los tiempos de Marx, se ha hecho mas sutil su control, obligando a resignificar la tradición revolucionaria en pro de lo inmediato y de las resistencias a partir de las migajas.

Repensar lo revolucionario es en definitiva una prioridad para los científicos sociales, puesto que esto nos conduce a considerar las acciones que en su día a día propician el cambio en la sociedad, las disonancias del poder, y también a pensar la política más allá de una formula de opresores y oprimidos. Este es el susurro que va por el mundo: las revoluciones están en lo cotidiano.

  1.  „Es geht durch die Welt ein Geflüster, Arbeiter, hörst du es nicht?“ Ernst Busch, der heimliche Aufmarsch (1927)
  2.  Este concepto proviene de: Laclau, Ernesto. «Ideología y posmarxismo». Anales de educación común 4 (2006): 20-34.
  3.  Michel de Certeau, La invención de lo cotidiano. (México.: Universidad Iberoamericana. Instituto tecnológico y de estudios superiores de Occidente., 2007). Pág. XLIV.
  4.  Jacques Rancière, Política, policía, democracia (Chile: LOM Ediciones, 2006). P. 59, 71.