“Su nombre era Domenico Scandella, y le llamaban Menocchio”[1. Carlo Ginzburg. El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI. Barcelona: Ediciones Península, 2015 (1976), p. 37.].

En la segunda mitad del siglo XVI, en la región italiana de Friuli, el molinero Domenico Scandella, conocido popularmente como “Menocchio”, fue enjuiciado y ejecutado ante la Santa Inquisición por herejía. Siglos después, el investigador Carlo Ginzburg tomaría el expediente del proceso y reconstruiría el relato de Menocchio. Esta editorial está consagrada, entonces, a la fascinante historia de Menocchio, y a la estimulante forma en la que la historiografía recuperó dicha historia.

De bata blanca y gorro compareció Menocchio ante sus inquisidores: la indumentaria tradicional del oficio de molinero. Por su ocupación, prejuiciosamente podría asumirse su ignorancia o su pasividad intelectual, mitos alimentados por nuestra educación secularizante, ligada una modernidad ensimismada y una insensibilidad al reconocimiento del otro. Sin embargo, se trataba de un hombre activo, que vehementemente afirmaba lo que pensaba y lo que creía con base en lo que había oído y leído, así como en su interpretación experiencial de los actos de los estamentos sociales dominantes, y su reflexión personal sobre los aspectos mundanos de su realidad inmediata.

Resulta factible trazar una comparación entre Menocchio y Sócrates. Ninguno de los dos fue un prolífico escritor, ni tampoco un insurgente violento, pero ambos, a su manera, cuestionaron el orden establecido en su contexto, o más bien a quienes detentaban el poder de afirmar dicho orden como único posible. Sócrates tuvo como destino la muerte; Menocchio también fue ejecutado tras contradecir la teología de la religión católica, afirmando que el mundo era una especie de queso, cuajado a partir de los cuatro elementos y ajeno al acto creador de una divinidad. Dios pasaría a ser apenas un regulador del accionar de nosotros, los gusanos que habitamos el mundo. La exposición metafórica no se agota en los delirios de un viejo campesino, sino que sintetiza el malestar que había suscitado la iglesia católica: quebrar la base teológica del cristianismo desde la misma lectura crítica de sus textos significaba cuestionar aquello que legitimaba a la iglesia a vivir con excesos y pompa, sin reconocer en la moral de la caridad y del amor al prójimo, el tesoro de su misma fe. 

En El queso y los gusanos, publicado en 1976, Ginzburg se propone “reconstruir el mundo intelectual, moral y fantástico del molinero Menocchio mediante la documentación producida por quienes lo habían mandado a la hoguera”[2. Carlo Ginzburg. «Microhistoria: dos o tres cosas que sé de ella.» En El hilo y las huellas, 351-394. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2014 (2006), p. 374.]. Así, el trabajo no solo nos plantea una historia ‘desde abajo’, sino que enfatiza en el carácter original y transformador del intelecto subalterno. Si bien Francisco de Asís, Guillermo de Ockham y Marsilio de Padua expresaron en eruditos términos sus posiciones frente a la doctrina católica, dicho fenómeno no es exclusivo de tales esferas, sino que, con el auge de las nuevas herejías en la baja edad media, los sectores populares hicieron parte del debate y formularon sus propias discusiones. Menocchio no es un héroe canónico de la ciencia o la filosofía, pero tampoco es un miembro uniforme de una masa popular. Su mundo moral y fantástico no es una repetición unívoca de una cultura popular ni un mero reflejo o deformación de la cultura dominante. La cultura de Menocchio se configura en un diálogo con el orden social, diálogo en el que el molinero participa activamente: él lee algunos de los libros difundidos en la época, pero su interpretación contrasta ampliamente con los textos.

El queso y los gusanos se ha tomado como ejemplo de la denominada microhistoria, el planteamiento de que el análisis de un microcosmos, generalmente encarnado en lo excepcional, permite visualizar importantes rasgos de las tensiones propias de un cosmos social. Esta valorización de lo micro, de lo particular (siempre en diálogo con problemas históricos de carácter más amplio) permite dar cuenta de la riqueza y complejidad que caracteriza al mundo social. Haberse enfocado en un caso que, en palabras del mismo Ginzburg, “podría haber sido [para otro estudioso] una simple nota a pie de página”[2. Carlo Ginzburg. «Microhistoria: dos o tres cosas que sé de ella.» En El hilo y las huellas, 351-394. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2014 (2006), p. 372.] nos invita a cuestionarnos por aquello que sigue oculto en los archivos, aquellas historias aún no relatadas que podrían enriquecer nuestra visión del mundo y cuestionarnos las formas en las que hemos venido entendiendo a la sociedad. Los historiadores siempre se enfrentarán a un acervo documental de carácter fragmentado e incompleto, y generalmente construido por los sectores dominantes. Sin embargo, así como fue posible recuperar la voz y reconstruir el mundo de un humilde molinero a partir de los documentos de quienes lo condenaron, así puede ser posible para el historiador encontrar nuevas áreas y casos de estudio, formulándole a sus fuentes las preguntas adecuadas.

Por todo lo anterior, consideramos que no hay nombre más adecuado para esta publicación que Menocchio. La historia del molinero es un llamado constante a la sensibilidad por el otro, a reconocer la pertinencia de su voz y su pensar, a desechar los prejuicios que se puedan tener frente a lo oral o lo popular, a estar atentos a las relaciones de poder a las que unos y otros se ven sometidos. Por su parte, la obra de Ginzburg es una invitación a plantear nuevas preguntas, a tener en cuenta las distintas oportunidades de análisis que brindan las distintas escalas del mundo social, a acudir al archivo, a reflexionar sobre nuestras perspectivas teóricas y metodológicas, a recordar que el estudio de lo cultural no implica darle la espalda a lo real, ni rechazar la pretensión de veracidad del oficio de la historia. 

Cual herejes, podemos como historiadores ejercer la crítica, rechazar todo reduccionismo, y desnaturalizar lo que se ha hecho natural. Y como intelectuales, debemos recordar que el rigor con el que ejercemos nuestro oficio no puede significar un rechazo a la interlocución con la sociedad y la realidad actual. La historia no puede estar únicamente en la biblioteca del monasterio benedictino, ni en esos manuscritos iluminados que llamamos artículos académicos, publicados en revistas indexadas. Los historiadores deben pasar al estrado público y rendir declaración sobre las raíces del presente.