Vivimos en una sociedad en la cual la estigmatización en torno a lo que significa la revolución es muy grande. En conjunto con este problema de estigmatización está también el de la trivialización del término y el de los errores conceptuales que surgen alrededor de este; revolución, rebelión, resistencia, insurgencia y subversión con frecuencia son usados indiscriminadamente como sinónimos, cuando realmente cada uno significa algo diferente y deben usarse con base en lo que se busca analizar. De todas formas, lo que impera en la actualidad es, por un lado, la idea de revolución entendida únicamente dentro de un marco político, “mamerto” e “izquierdoso”, y por otro, el paradigma del inevitable fracaso de la revolución.

Esta estigmatización se nutre de la banalización de ideas propias del marxismo clásico en torno a la revolución entendida como el fin abrupto de un sistema y la aparición de otro, así como de las experiencias de los sistemas socialistas y su fracaso. Es decir, se implanta en la idea de transformación abrupta, del caos y del fin del orden institucional como consecuencias naturales de la revolución. Los tres mayores problemas que el mal uso del marxismo clásico trae consigo son, en primer lugar, la estigmatización ya mencionada. Segundo, una apatía generalizada frente al cambio social, pues debido a las experiencias de fracaso, la acción frente a la miseria, guerras civiles, la pobreza, los gobiernos autoritarios y los sistemas fallidos, es vista como un despropósito y un gasto de tiempo y energías innecesario que al final no llevan a ninguna parte. El tercer problema que vemos es el rechazo contra actores y agentes que impulsan las posibilidades de cambio social; esto lleva a más violencia y marginalización, no solo sobre aquellos que representan y encarnan las luchas diarias, sino también sobre los grupos a los cuales representan. Para esto nos basta con ver los líderes sociales defensores de sus derechos que a diario son asesinados en Colombia.

Desde las ciencias sociales, sin embargo, somos —o debemos ser— conscientes de la importancia de este concepto y de su trasfondo teórico y social. Porque más allá de lo que socialmente se ha entendido como revolución, ¿qué podemos decir que significa esto realmente? Cuando en Menocchio decidimos publicar un número con tema central “Revolucionarios y reaccionarios”, parte de nuestras motivaciones fueron el descentrar la revolución de su enfoque político y eurocéntrico tradicional, así como el ampliar las perspectivas desde las cuales se puede entender este concepto; porque creemos, al fin y al cabo, que la revolución, la acción y la reacción también pueden pensarse desde lo social, lo cultural, lo económico y, especialmente, desde lo cotidiano. Es por eso que en Menocchio creemos firmemente que este paradigma debe reformularse para darle fin al problema de la estigmatización y la apatía. Entendemos que las revoluciones no se dan únicamente en un plano político entendido de forma tradicional, sino que las luchas y resistencias se dan en la cotidianidad y se manifiestan en las formas de actuar de la gente común en su día a día. Las revoluciones se pueden pensar como maneras de actuar no solo contra un sistema, sino contra los problemas de las sociedades en sus múltiples esferas: lo cultural, lo político, lo cotidiano, lo interactivo, etc.

Así, esta edición precisamente busca abrir el debate sobre la manera en la que hemos de pensar las revoluciones en múltiples latitudes, épocas, movimientos y personas. Para esto, los artículos de este número tratan temas muy diversos, desde la Revolución Mexicana a comienzos del siglo XX, el movimiento estudiantil en Chile durante la dictadura de Pinochet, la educación durante el Tercer Reich, hasta los delitos de estupro y seducción en Medellín a mediados del siglo pasado, o las temporalidades manejadas por Guaman Poma de Ayala en su texto “Nueva Crónica y Buen Gobierno”. Presentamos, también, algunas columnas que tratan de forma más directa el tema de la revolución, las cuales reflexionan en torno al cambio en la cotidianidad y el papel que tiene la Historia como disciplina dentro de su propia sociedad. Es así como esta edición busca fomentar el debate y las consideraciones sobre el concepto de revolución, así como abrir las perspectivas alrededor de fenómenos históricos diversos que han marcado la esencia de los escritores y sus entornos.

De esta forma es como calurosamente los invitamos a que lean nuestro nuevo número. Como precisamente lo proponemos en nuestro contenido, desde las ciencias sociales y desde la cotidianidad de cada uno es posible reflexionar sobre lo que significa la revolución, sobre la repercusión de nuestras propias acciones en nuestro día a día y en nuestras vidas personales y profesionales, y pensar en la importancia de estudiar procesos históricos para comprender la cercanía que pueden tener sobre nosotros y sobre la sociedad en la que vivimos. La lectura de esta edición es importante para superar el paradigma y la estigmatización del cambio social. Creemos, en últimas, que hay que apostarle a las transformaciones: a esas pequeñas acciones y batallas que todos damos en nuestro día a día, que bien pueden ser invisibilizadas, pero tienen todo el peso e importancia para reformar el sistema.