«Aquí la Razón y allá la Revelación. Hay que elegir.» ¿Elegir? Pero, ¿qué significa en realidad para el hombre real, para el hombre vivo, esa disputa de abstracciones: razón, revelación 1.

La multitudinaria recepción al Papa Francisco en Colombia, el auge de las iglesias evangélicas en América Latina, y los miedos y ansiedades frente al Islam en Europa, son solo algunos ejemplos de la gran pertinencia del tema que hemos seleccionado para esta edición. Lejos de desaparecer, la religión mantiene relevancia política y social y es pertinente preguntarnos por su sentido y lugar en la sociedad contemporánea: ¿qué podríamos aprender de los estudios históricos sobre la religión? O, en otras palabras, ¿cómo nos ayuda la disciplina histórica  a entender el rol contemporáneo de lo religioso?

Para empezar, hemos comprendido como historiadores que pensar el cambio de las sociedades como una evolución en función de causas finales es una forma estéril de entender la historia. Desconfiamos de quienes creen ver un flujo siempre ascendente en el movimiento desordenado e impetuoso de las mareas de la historia. Rechazamos la pretensión de leer al mundo en términos absolutos de ‘atraso’ y ‘progreso’. Por lo tanto, mal haríamos en no advertir los riesgos de considerar la religión como algo esencialmente pasado u obsoleto: lo religioso vive y tiene un papel estructurante en nuestra sociedad.

Sin duda alguna, es necesario mantener una actitud crítica que denuncie los abusos de ciertas  iglesias y los  usos ideológicos de la religión para perpetuar situaciones de exclusión y desigualdad. La religión ha servido, tanto de estructura de opresión y perpetuación del estado de cosas, como de discurso estimulador de transformaciones. Ciertamente, es fundamental  la rebeldía que se resiste a aceptar verdades reveladas y jerarquías heredadas. Oportunas son las voces que se niegan a silenciar sus preguntas y sus quejas. Y sin embargo, la arrogancia de quien ve al religioso como alguien estancado en el pasado no resulta liberadora ni esclarecedora. Todo lo contrario: tal y como se ha evidenciado con el auge de la islamofobia en el norte global, pensar al otro como un ‘atrasado’ termina reproduciendo exclusiones, alimentando discursos de odio, reviviendo jerarquías coloniales y construyendo barreras para el intercambio y la comprensión mutua. Además, pensarse a sí mismo como ‘quien sí ha progresado’ debilita la autocrítica e impide ver la viga en el ojo propio.

Así, resulta necesario dotar a la crítica a la religión de la agudeza y prudencia que otorga la sensibilidad hacia el matiz. Se trata entonces de adoptar la actitud de quien observa el mundo, no para confirmar sus prejuicios, sino para descubrir con asombro los complejos relieves de nuestra realidad social; de enfocar el lente de forma tal que sea posible ver con nitidez los tonos diversos en los que se presentan las prácticas y creencias religiosas en distintos lugares y momentos; de entender que la religión, lejos de ser un asunto ajeno a las demás esferas de la vida, da forma a asuntos tan aparentemente disímiles como la ética comercial o las concepciones del tiempo.

Con ojos abiertos, podemos ver una larga historia en la que la religión ha servido, tanto de estructura de opresión y perpetuación del estado de cosas, como de discurso estimulador de transformaciones. Una historia plural de catedrales y procesiones, de chamanes, reliquias, herejes y penitentes. Y esa historia nos impulsa a complejizar nuestra visión del presente, y a imaginar otros mundos posibles.

En un país en que los sectores más conservadores de la sociedad reclaman para sí a la religión y la usan como justificación indiscutible de sus intereses, puede ser refrescante recordar que en nuestro contexto latinoamericano, como en muchos otros, el catolicismo ha sido acogido e interpretado diversamente por todos los sectores del espectro político. En un mundo en el que con frecuencia se percibe como obvia la oposición entre conocimiento y fe, debemos entender que tal separación es en sí misma una construcción: un formato inaplicable a una infinidad de culturas que han construido importantes sistemas de conocimiento en torno a preceptos profundamente religiosos. Más importante aún, podemos darnos cuenta de que el pensamiento dogmático pervive mucho más allá de la fe en un creador, y que nuestra vida social, ética y económica suele estar controlada por poderosos “dioses” de la vida secular: el capital, la razón, la ciencia, la democracia… Y en un presente en que las instituciones liberales sufren ante la dificultad de separar satisfactoriamente lo religioso de lo político, vale la pena reconocer que la secularización no es una obviedad histórica ni un principio natural, sino un arreglo social producido en un momento particular; que la separación Iglesia-Estado, con todos sus beneficios, no es un ideal universal ni universalizable sino un proyecto histórico que responde a un contexto y a unas condiciones de posibilidad especiales.

El buen ejercicio del oficio histórico nos obliga a reconocer la manera en la que nuestros consensos políticos y nuestros órdenes sociales están imbuidos de herencias religiosas. Nos exige, además, comprender las sociedades que estudiamos en sus propios términos, perceptivos a la forma en la que sus creencias, cualesquiera sean, guían sus acciones. Así, la humildad, la sensibilidad, la curiosidad, la suspensión del juicio apresurado, y el espíritu abierto y crítico, aparecen como imperativos para comprender la religión, para abandonar las visiones simplistas o caricaturescas y superar esos discursos sobre la religión que han estado dominados, por la crítica facilista que la rechaza sin mayor interés en comprenderla, o por la apología obediente y complaciente que se cuida de no hurgar en lo sagrado.

  1. Lucien Febvre, El problema de la incredulidad en el siglo XVI. (Traducción de José Almoina). «Ici la Raison, posons-nous volontiers, et là, la Révélation. Il faut choisir» — Choisir? Mais à l’homme réel, à l’homme vivant: raison, révélation, que veut, en vérité, ce débat d’abstractions?