[dropcap]E[/dropcap]l optimismo de la campaña del ‘Sí’ no se vio correspondido por los votantes colombianos. Tras una jornada electoral marcada por el alto abstencionismo, se impuso el rechazo a lo acordado en la Habana. ¿Cómo darle sentido a ese resultado? ¿Cómo explicar que la mitad de los votantes hayan optado por darle la espalda a unos acuerdos respaldados por la comunidad internacional, la academia y la mayor parte de los partidos políticos del país? De inmediato se antojan como posibles mil hipótesis, ninguna de las cuales estamos en capacidad de comprobar en el momento. Tiempo habrá en el futuro para investigar cuidadosamente lo ocurrido con el beneficio de la mirada retrospectiva, para examinar las razones detrás del ‘No’, para explicar el dividido mapa electoral, para comprender los procesos sociales que hicieron posible lo ocurrido el 2 de octubre. Por el momento nos vemos enfrentados a una pregunta urgente: ¿Y ahora qué? 

No podemos entregarnos al pesimismo ni quedarnos repartiendo culpas e insultos. La frustración no debe impedirnos seguir trabajando por un país menos violento y más justo e incluyente. No nos concentremos en la oportunidad perdida, pongamos la mirada en las tareas pendientes. Como historiadores, como científicos sociales, como estudiantes que apoyábamos el ‘Sí’, el resultado del plebiscito nos ofrece un nuevo escenario para seguir aportando y construyendo desde el conocimiento.

Por una parte, se nos presenta el reto de abrir nuestros ojos al país del ‘No.’ De escuchar y dialogar y transformarnos a través del desacuerdo. De abandonar todo extremismo. De estar más atentos a los argumentos, valores y prioridades de quienes votaron negativamente. De reconocer que detrás del ‘No’ (al igual que del ‘Sí’) existe una variedad de posturas irreductibles a un solo discurso. Esto no implica abandonar la crítica; al contrario, debemos seguir manifestando nuestras razones, debatiendo a nuestros contradictores, y denunciando el odio y la desinformación. Nos enfrentamos a la necesidad de estrechar las brechas entre academia y sociedad. Tenemos el desafío de enriquecer nuestros argumentos y de fortalecer nuestra capacidad de entender, de entendernos y de que nos entiendan.[quote align=’right’]Nadie tiene por qué condenar a la sociedad a un presente estático anclado en resentimientos y traumas del pasado.[/quote]

Por otra parte, es imprescindible insistir en la necesidad de tener en cuenta la historia del conflicto armado. En el panorama actual se corre el riesgo de que la renegociación pierda cualquier rumbo razonable y de que se terminen pactando unas paces entre unas élites políticas, y no un acuerdo que facilite el fin del conflicto armado. Por eso, hoy más que nunca, debemos recordar y reflexionar sobre el carácter social del conflicto, sobre las condiciones estructurales que han permitido su persistencia por más de cinco décadas, y sobre los factores que han propiciado su mutación a lo largo del tiempo. Un acuerdo renegociado no puede enfocarse únicamente en resolver la coyuntura inmediata o las diferencias entre el Presidente y su antecesor; un acuerdo debe favorecer (o al menos no obstaculizar) la implementación de las grandes transformaciones necesarias para el fin efectivo de la guerra.

Finalmente, la historia nos ofrece la oportunidad de rebatir aquellas visiones catastrofistas según las cuales somos naturalmente violentos y estamos destinados a repetirnos una y otra vez en una eterna guerra con nosotros mismos. Hace poco en un coloquio en la Casa de la Memoria en Medellín, el historiador Renán Silva se refirió a la necesidad de desarrollar una relación constructiva con el pasado[1.https://www.youtube.com/watch?v=50swGm3wyJg .]. Según Silva, la memoria y la historia deben contribuir a explicar y darle significado a las experiencias de violencia, pero nadie tiene por qué condenar a la sociedad a un presente estático anclado en resentimientos y traumas del pasado.

La historia nos muestra que toda sociedad es dinámica, y Colombia no escapa de la regla. Como en casi cualquier otra sociedad, cuando miramos nuestro pasado encontramos múltiples momentos de violencia. Sin embargo, también encontramos ejemplos de convivencia y muestras de que las diferencias no se tienen que resolver por las armas. El presente no es distinto. El surgimiento de conflictos es inevitable pero la guerra no lo es. Recuperémonos de la frustración del plebiscito y pongámonos a trabajar con miras al futuro.